El agujero bueno

Este cuento es de mediados de la década del '80. Apenas editado. Salió en varios lados, pero no recuerdo dónde. 


No sabemos desde cuándo hay un agujero negro en nuestro hogar. Probablemente, desde siempre. No es lo común, ya lo sé, y mucho menos en un caserón de Barracas. 

Ni siquiera es un agujero negro grande, todo lo contrario. Mide solo diez centímetros de diámetro y, al menos en ese aspecto, es perfectamente circular. Si fuera un agujero más grande, todos los vecinos ya sabrían de su existencia, por razones obvias, e incluso es posible que resultase riesgoso para mi casa y hasta para el barrio entero. Acaso no existiría Barracas. 

El primero que supuso la existencia del agujero negro fue mi viejo. Empezó diciéndolo en broma, refiriéndose a la constante desaparición de sus revistas y, en menor grado, al desorden reinante en la casa. Pronto descubriríamos que el agujero negro existía de verdad. La angustia que debía provocarle a mi viejo perder un policial tres páginas antes del final se vio en parte remediada por este singular hallazgo.  

Sería exagerado decir, sin embargo, que aquella revista que de un momento a otro se esfumaba ya nunca más volvía a aparecer. Porque el agujero negro es curioso, pero no ladrón. En efecto, al cabo de dos o tres meses, mi hermano o yo descubríamos un objeto inconcebible en un lugar inusual. La revista reaparecía en la heladera, en la cucha de un gato iletrado y hasta se ha dado el caso de que volviera al estante de la biblioteca destinado a las revistas. Mi viejo, que nunca pudo recuperar en persona ninguno de estos ejemplares, encontró en cambio una biografía de Einstein dentro de la bolsa del pan, una tortilla a la española –todavía tibia– debajo de la almohada, y una Biblia en alemán haciendo equilibrio sobre la medianera.

No quisiera olvidarme de contar cómo fue que descubrimos el agujero negro. Cierta noche de noviembre, mi viejo y yo salimos al patio para entrar unas plantas delicadas porque habían anunciado granizo. Ayudándonos con una linterna, fuimos trasladando una a una las macetas hasta la galería techada. Hacia el final de esta tarea, mientras cargaba mi última Begonia semperflorens tuberosa, oí a mi viejo decir “¿Qué es eso?”. Estaba apuntando a la la pared, justo al lado del tronco de la parra octogenaria, y había una mancha negra. Por negra me refiero a que no había detalles. Lógicamente. El agujero se estaba tragando la luz de esos esforzados 3 Voltios como si nada.

Nos acercamos intrigados y al final no nos quedó más remedio que concluir que ahí no había nada, ni siquiera un agujero en la pared. En esa zona de unos 10 centímetros de diámetro la realidad desaparecía por completo. No pudimos determinar si era plano, esférico o con forma de huevo duro. Daba lo mismo. Toda la pared alrededor estaba iluminada por la linterna, pero en el agujero en sí, nada. Pero nada de nada.   

Selectivo también en cuanto a la iluminación, el agujero negro absorbe con gusto luces de linterna y la de los flashes electrónicos para fotografía, pero ignora por completo la mayoría de las otras fuentes luminosas. Bueno, no es que las ignore, sino que tiene suficiente con lo que le entrega el astro rey y, de noche, con las luces del patio encendidas, salvo que uno mire con detenimiento, no advierte esa sombra sospechosa a la altura del zócalo.

Pero me estoy olvidando de decir algo muy importante. El agujero negro se mueve. En ocasiones se lo puede ver en el patio de atrás; a veces detrás del lavarropas, en la biblioteca o en los ángulos oscuros de las habitaciones. Gusta, por lo que parece, de ocupar rincones sombríos. Puede que, en definitiva, la luz le moleste un poco. Como fuera, no es un agujero que tenga por costumbre moverse mucho, ni muy rápidamente. 

Finalmente, si uno mete la mano en el agujero, se nota enseguida que no tiene fondo. Por dentro hay como un vientito. Eso es lindo. El brazo puede entrar hasta el hombro, y ahí uno cae en la cuenta de que la mano ya tendría que estar tocando los muebles del vecino. Pero no.

Últimamente, el agujero frecuenta el patio de atrás. Ocurre esto desde que levantaron las baldosas para hacer un cantero, y sobre todo desde que pusimos allí las primeras plantas. Esto prueba que además de la sombra le gusta la compañía. 

Afortunadamente, el agujero es bueno y no se ha tragado nunca personas o animales; salvo flores del jazmín que le caen dentro a veces, el agujero escoge solamente objetos y, de ser posible, revistas y libros. 

Para dar un ejemplo de lo bueno que es este agujero negro, diré esto: un día apareció en casa una lauchita color suela. En ese tiempo, el agujero estaba en el cantero de la parra. Recuerdo que estuvimos persiguiendo a la lauchita para ponerla a resguardo de nuestros numerosos gatos. Corrimos detrás ella por toda la casa, hasta que la prófuga vislumbró en el agujero negro su salvación. Enfiló si dudarlo y entró al agujero negro a toda carrera. El agujero por ahora no la ha devuelto, que yo sepa. Pero ya se sabe que dentro de un agujero negro el tiempo casi no transcurre, y pudiera ser que algún día la lauchita saliera temblando de la heladera, o estornudando del archivo de cartas. Quien sabe lo que un animalito puede aprender o en lo que puede convertirse al cabo de semejante jornada. 

Así como el agujero negro absorbe cosas diversas, cada tanto expulsa objetos que parecen venir de otros tiempos o de otros universos. Los hay planos y del todo transparentes, como una hoja de celofán; pero si uno dobla esta lámina para hacerse un barquito o un soplamocos, vuelve a obtener un objeto perfectamente plano. También tenemos una especie de hipercubo; si uno pone los ojos en una de las múltiples caras de este objeto tornasolado, puede llegar a verse a sí mismo mirando a través del hipercubo, o ver la terraza desde dentro del cuarto. Lo usábamos con mi hermano para espiar a una vecina llamada Liliana, y ya sé que eso está mal. Pero ella estaba muy bien. 

Claro está que las piezas que nos han parecido de mucho valor las devolvimos al agujero negro, con la esperanza de que regresasen a sus respectivos dueños. Sin embargo,¿quién puede saber cuáles son los verdaderos objetos de valor? 



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